(Se sugiere dar play y leer)
Estuve ahí mirándola ausente, perdida, inconsciente. No supo cuánto tiempo estuve sentado a su lado, nadie se lo dijo, porque yo así pedí. Su vida dependía del hilo de la sobredosis, cada día necesitaba volar mucho más alto para escapar de ese vacío sentimental, muy alto para vernos inferiores, pequeños y más vulnerables que ella.
El tiempo que pasamos juntos fueron intensos, divertidos, a veces traumantes, extrovertidos y otras veces de profunda filosofía, melancolía y frustración. Pero desde aquella vez que perdió la brújula para el camino de regreso, los silencios fueron prioridad en nuestros encuentros. Fue así que aprendí que no hay que hablar por hablar, y es mejor callar si uno no tiene nada que decir. Parecía que por ratos al fin volvería pero se negaba a regresar a esta realidad de la cual había escapado, esa vida de la que tanto renegaba y que solo tenía sentido cuando se encontraba en sus “strawberry fields”.
No le vi abrir los ojos, fui la gran ausencia, el que no estando estaba, así fue siempre.
Al regresar de su gran expedición nos dio por recordar aquellos días interminables llenos de travesías, locuras, intensidades, de noches memorables escuchando aquellos argentinos que la traían loca, además planeábamos como corear a Cerati en su próximo concierto. Le mostré la poesía de José Cruz, lo irreverente de Sabina y re exploramos a Fito, Luis y Charly mil veces. Hablábamos de cambiar estilos, clichés, modos, formas de querer, de cambios de humor, de complejidades, trivialidades y de cambiar rumbos, creo que solo se había cansado de volar y se preparaba para navegar e ir a hundirse en altamar.
Estuve contemplándola sin aliento, inmóvil y fría, los buenos tiempos con esta persona habían terminado. La faz postmortem reflejaba que al fin se había salido con la suya y que todo lo hecho, lo dicho, lo pensado, lo fumado, lo inhalado, lo inyectado, lo tomado, fue para intentar regresar al mundo de sus sueños de infancia, aquellos lugares en donde nadie la dañaba, la tocaba, la flagelaba y la ultrajaba, donde era libre, infanta, feliz y sí misma, esos sueños que la llevaban a flotar boca arriba en medio del mar contemplando un cielo estrellado con luna llena, para después, hundirse poco a poco hasta llegar al rincón oscuro de su recamara, dos minutos antes que el sol se asomara y así permanecer a salvo del nuevo día por toda la eternidad.


